El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Señor conde —dijo con voz temblorosa—, cuando un español jura por su honor, no hay noble en Europa capaz de desmentirle. Si dudáis, estoy dispuesto a cruzar mi espada con la vuestra.
El señor de Ventimiglia lo contemplaba con profunda sorpresa. Durante algunos segundos oprimió la empuñadura de su acero; luego dijo:
—No, señor; no hay motivo para que nos matemos. Os he ofendido injustamente, y como caballero, os pido mil perdones. ¿Ignoráis, pues, dónde se encuentra mi hermana?
—Oà decir una noche al marqués de Montelimar que la habÃa confiado a un mayoral de la costa del PacÃfico.
—¿De Panamá, o de dónde?
—Esto no lo sé, os aseguro solemnemente, señor de Ventimiglia.
—¿A un mayoral? ¿Qué es? No conozco a fondo vuestra lengua.
—Es una especie de mayordomo —contestó el señor de Robles.
—¿No lo conocéis?
—No.
—Entonces será preciso que yo vaya a buscar al marqués.
—En el supuesto de que logréis averiguar dónde se encuentra.