El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Yo no he dicho tal cosa. ¿Conocéis el lugar donde se encuentra la sobrina del gran cacique del Darién?
—Os repito que no. Fue confiada a un mayoral, he aquà todo cuanto sé.
—Me lo dirá el marqués —replicó el conde, levantándose impetuosamente—. Entretanto, os advierto que sois mi prisionero hasta que haya cumplido mi misión, y que dos hombres os vigilarán noche y dÃa. No contéis, pues, con una tentativa imposible de fuga, porque mis filibusteros son de una fidelidad a toda prueba y no vacilarán un solo instante en mataros. Además, haré cuanto está a mi alcance para que os resulte menos dura la prisión, porque comeréis en mi mesa y seréis tratado con todas las consideraciones que se merece un caballero español. Y hasta la vista; podéis retiraros a descansar a vuestro camarote, que está enfrente; sois mi huésped.
Dicho esto, salió el conde y subió a cubierta, donde le aguardaban con viva impaciencia su lugarteniente, Mendoza y el terrible gascón.
—¿Sabéis algo? —le preguntó Verra.