El hijo del Corsario Rojo

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CAPÍTULO II

EL CONDE DE ALCALÁ

Ni Barrejo ni sus compañeros contestaron a la intimación.

Encendieron sus cigarros y comenzaron a fumar tranquilamente, como si fuesen tres pacíficos burgueses que esperasen el toque de queda para irse a dormir.

—¡Rendíos o hacemos fuego! —gritó por segunda vez el que hacía de jefe de la ronda.

El gascón se volvió, lanzando al aire una bocanada de humo.

—Señores —dijo—, ¿os dirigís a nosotros?

—¿No sois los ladrones que han saqueado la taberna del Moro? —preguntó el jefe de la ronda.

—¿Qué estáis diciendo? —contestó el gascón, fingiéndose indignado—. ¿Suponerme ladrón? ¿No sabéis que soy don Alonso Rodríguez Osorio y Alburquerque?…

—Entonces hemos perdido la huella de esos bribones —dijo el jefe de la ronda, confuso—. ¿No habéis visto pasar a las personas que corrían?

—Hemos sentido pasos precipitados en el extremo opuesto de esta calle —contestó Mendoza.

—¿Vivís aquí?

—En la casa de enfrente —dijo el flamenco.

—Camaradas, sigamos nuestra ronda —ordenó el jefe, volviéndose hacia los soldados. Buenas noches, señores.


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