El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Fue un verdadero milagro que los tres aventureros no soltasen una estrepitosa carcajada.
—Sois un hombre de ingenio —repitió el flamenco, contemplando con profunda admiración a Barrejo—. Antes fue un jaguar que hacÃa huir a la gente y ahora un nombre sonoro ha hecho que la ronda se vaya por otro lado, señor don Alonso RodrÃguez Osorio y Alburquerque…
—Y conde de Alcalá —añadió el gascón, riendo con todas sus ganas.
—Y grande de España —observó Mendoza.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó el flamenco—. ¿Es cierto que habitáis ah�
—Eso lo habéis dicho vos, que no yo —repuso el gascón.
—Exacto: ya no me acordaba. Sin embargo, supongo que tendréis domicilio.
—Y yo imagino que vos no pensaréis dormir en medio de la calle —observó Mendoza—. En alguna parte viviréis.
—He llegado esta mañana y contaba con alojarme en la taberna del Moro.
—Lo malo es que nuestra casa se halla un poco lejana —dijo el gascón.
—Tengo buenas piernas.
—Se encuentra fuera de la ciudad, hacia la costa del PacÃfico…