El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Me comprendéis? —gritó Barrejo, haciendo un gesto de impaciencia—. Su Excelencia ha reconocido el error cometido por la ronda y me ha puesto en libertad. ¡Diantre!… No podÃa mantener el arresto de un conde de Alcalá…
Luego, volviéndose hacia el jefe de la ronda, le advirtió con voz severa:
—Y otra vez mirad bien lo que hacéis…
—Mil perdones, señor conde —contestó el pobre soldado.
—¡En marcha! —ordenó el gascón.
Aflojó la brida al caballo y se alejó, seguido del flamenco y de Mendoza, en tanto que los alabarderos de guardia presentaban armas y los esclavos negros se inclinaban hasta el suelo.
El gascón, que tenÃa un miedo terrible al tabernero, atravesó la ciudad al trote largo, cruzó el puente levadizo y lanzó el caballo al galope, murmurando:
—Tampoco ahora han tenido tiempo de tejer la cuerda con qué ahorcarme…