El hijo del Corsario Rojo

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CAPÍTULO III

LA PERSECUCIÓN

Durante una hora los tres jinetes galoparon a rienda suelta en dirección a la costa del Pacífico, volviendo con frecuencia la cabeza, temerosos de ver aparecer a los soldados; después se lanzaron a través de las selvas que cubrían las ásperas colinas del istmo y que debían extenderse hasta el Chagres.

—Ahora podemos conceder algún descanso a estos nobles brutos —dijo el gascón, que fumaba el último cigarro regalado por el flamenco—. No es prudente abusar demasiado de sus fuerzas.

—¿Teméis que nos persigan? —preguntó Mendoza.

—En este momento ese tabernero bribón estará hablando lo que no debe, y mi amigo el gobernador lanzará tras de nosotros una escolta de honor, con el encargo de cogernos por el pescuezo y de conducirnos otra vez a Pueblo Viejo.

—¿Le llamáis todavía vuestro amigo? —preguntó el flamenco. Si caéis de nuevo en sus manos, seguramente no os perdonará que le hayáis engañado con tanta habilidad. Ya decía yo que sois pariente del diablo.

—La idea ha sido magnífica —afirmó Mendoza riendo.

—Yo hacía cuenta ya de balancearme bajo la rama de un árbol con una corbata de cáñamo al cuello.

—Y en cambio nos ha dado caballos y armas.


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