El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo EL ATAQUE A PUEBLO VIEJO
Algunos minutos de retraso y la estrella benéfica que hasta entonces parecía proteger a los terribles filibusteros, se habría ocultado y probablemente para siempre, porque de seguro que el marqués de Montelimar no los perdonaría después de la jugarreta del gascón.
Los arcabuzazos que retumbaron en el valle habrían sido disparados por los españoles, para desembarazarse de alguna pequeña partida de indios.
Probablemente el jefe de la tropa y sus compañeros encontraron a no mucha distancia algún pelotón de soldados, enviados para explorar los alrededores, y unidos todos, corrían con la esperanza de encontrar aún ante la enorme roca a los tres aventureros, con intención de obligarles a que aceptasen un nuevo combate o se rindiesen.
—Creo que Belcebú siente gran simpatía por nosotros —dijo el gascón, que corría como un gamo por alcanzar la orilla del Chagres y buscar refugio en medio de las inmensas selvas que cubrían las márgenes del río.
—O algún santo nos protege de seguro —contestó el vizcaíno—. Si lograse saber cuál es, palabra de honor que le ofrecía dos velas de diez libras.
Cambiando algunas palabras, marchaban velozmente a través del valle, que parecía acabar allí.