El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo En efecto, hasta sus oÃdos llegaba clara y distintamente el fragor producido por las aguas del rÃo, que se estrellaban contra las peñas que cubrÃan su lecho.
A lo lejos seguÃan resonando los arcabuzazos de los españoles. ParecÃa que los indios, acaso ahora en número mayor, les hacÃan resueltamente cara.
Después de veinte minutos de marcha, los tres aventureros se internaron en las selvas que bordeaban al Chagres.
El sol comenzaba a declinar en aquel momento y la obscuridad iba extendiéndose bajo las majestuosas palmeras.
—Descansemos un poco —propuso el gascón—. No somos caballos de carrera. Ya no nos alcanzarán los españoles.
—¿Nos hallamos todavÃa muy lejos del campamento? —preguntó el flamenco.
—Dentro de tres o cuatro horas llegaremos —contestó Mendoza.
—¿Nos extraviaremos en estas selvas?
—No tenemos más que seguir la corriente del Chagres.
—Siento impaciencia por ver al hijo del Corsario Rojo. También yo he oÃdo hablar muchÃsimo de los tres hermanos filibusteros.