El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Basta de conversación —interrumpió Barrejo—. En marcha, amigos. Me han asegurado que las selvas del Chagres están pobladas de animales feroces, y no tengo deseo de encontrarme con ellos. He preferido siempre a los hombres, porque al menos no saltan como los gatos rabiosos.

Pusiéronse de nuevo en marcha, siguiendo a corta distancia la orilla del río.

Mil rumores extraños se alzaban de la tenebrosa selva.

El vizcaíno, práctico en aquellos lugares, porque había seguido a Morgan a Panamá, púsose a la cabeza de sus compañeros, espada en mano.

Barrejo marchaba detrás con su larga tizona desenvainada; el flamenco empuñaba una pistola.

Los tres procuraban hacer el menor ruido posible; no ya por miedo u encontrarse con los españoles, sino para evitar a las bestias feroces que vagaban por la selva.

En aquella época eran numerosísimos los jaguares en el istmo, y no vacilaban en arrojarse sobre las personas que osaban atravesar los bosques.

Hacía dos horas que los aventureros marchaban sin descanso, siguiendo siempre la orilla del Chagres, cuyas aguas mugían sordamente en su lecho rocoso, cuando Mendoza, se detuvo de pronto, extendiendo la espada y empuñando la pistola cargada.


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