El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Otra vez los indios? —preguntó el gascón, levantando su acero.
—En mi vida he visto indios con ojos fosforescentes —contestó el vizcaÃno.
—Entonces será algún gato montés.
—Pero un gatazo terrible.
—Vaya, compadre, echad mano de la navaja.
—¡Qué ojos tiene el bicho!
—Yo creo que es un jaguar hambriento —indicó el flamenco.
—No sé lo que es un jaguar hambriento, porque en Gascuña no he visto más que gatos y lobos.
En medio de la tenebrosa espesura veÃanse centellear dos puntos luminosos, que tenÃan extraños resplandores verdosos y amarillentos.
Era indudablemente un jaguar en acecho de su presa.
—¿En qué quedamos, camarada? —preguntó el gascón, al observar que el vizcaÃno no se movÃa—. SerÃa ridÃculo que un gato, aunque fuese tan grande como un toro, tuviera a raya a tres aventureros famosos.
—¿No veis que nos cierra el paso, amigo Barrejo? —contestó Mendoza.
—Dadle un puntapié. Los gatos gascones, cuando ven una pierna levantada, echan a correr.