El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —En seguida, pero dadme una pistola cargada, porque la mÃa está vacÃa… ¡Qué diantres! No va a detener ese animalucho a tres hombres como nosotros.
—Dejadme a mà —replicó el gascón, resueltamente.
—Mucho cuidado con el gato, como os obstináis en llamarle —observó el vizcaÃno—. PodrÃa sacaros los ojos.
—¡Hum!… No recuerdo que esos animales hicieran tal cosa en Gascuña, cuando yo era niño.
—Aquellos gatos eran distintos de los que por aquà se crÃan.
—Ahora lo veremos…
El aventurero empuñó la pistola y la espada y avanzó con loca temeridad hacia los dos puntos fosforescentes, que no cesaban de brillar en las tinieblas.
Mendoza y el flamenco marchaban detrás, dispuestos a prestarle auxilio en aquella empresa peligrosa.
No habÃa recorrido diez pasos el gascón, cuando se dejó oÃr un maullido terrible y un mugido ahogado.
—El gato resopla —dijo Barrejo—. Estará rabioso… Ahora lo amansaré.
No se trataba de un gato. Era un verdadero jaguar, uno de los más peligrosos animales que se encuentran en las selvas americanas, y que en fuerza y en ferocidad no ceden a los osos grises.