El hijo del Corsario Rojo

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—Nos agrada ofrecer siempre a la tierra vino de primera calidad para que produzca de lo más exquisito. También la tierra bebe a veces con gusto.

Mendoza y el flamenco se destornillaban de risa, sin que les impresionase la desesperación del tabernero.

Barrejo dejó que el Jerez y el Málaga corriesen durante algunos minutos; luego dijo a sus compañeros:

—Y ahora, vámonos. Si continuamos aquí un cuarto de hora, saldremos más borrachos que cubas. ¡Tabernero, adiós!

En tanto que el pobre dueño chillaba como si le desollasen vivo y los cuatro pinches proferían una sarta de maldiciones, los tres aventureros recogieron el farol y subieron la escalera, sin cuidarse de responder.

—Vamos a ver lo que ha ocurrido en la iglesia —dijo el gascón, cuando se hallaron fuera de la taberna.

Llegaban tarde. Los habitantes se habían rendido y los filibusteros, después de saquear la ciudad y de llevarse cuanto encontraron, se disponían a partir.

—¡Cómo!… ¿En marcha ya, señor conde? —preguntó Mendoza, que había logrado encontrar al señor de Ventimiglia.


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