El hijo del Corsario Rojo

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El cañoneo, entretanto, no cesaba. Las balas caían como espesa granizada sobre la plaza y sobre el buque, que ardía rápidamente, vomitando por las abiertas escotillas nubarrones de humo.

Era una escuadra imponente en realidad, compuesta de galeones, de fragatas y de grandes carabelas y tripuladas por dos mil hombres.

Los filibusteros, dirigidos por el señor de Ventimiglia, por Grogner y por Raveneau de Lussan, apresuráronse a ponerse a salvo en una colina que se levantaba casi en medio de la isla, y por tanto, fuera del alcance de la artillería que, como ya se ha dicho, hallábase reducida en aquellos tiempos a un campo de acción muy limitado.

Sin embargo, sentían gran inquietud, temiendo un vigoroso asalto de los tripulantes.

Por fortuna, nada grave ocurrió. La escuadra, después de cañonear las barracas, desembarcó un centenar de hombres para recoger algunos restos del buque corsario destruido por el incendio, y pocas horas después emprendía de nuevo la marcha con rumbo a Panamá.

—¡Mil truenos! —exclamó el gascón, que observaba a aquellas majestuosas naves desde lo alto de la colina—. Han podido destruirnos, y en vez de hacerlo, se marchan.

—Buen viaje, señores, y que Dios os libre de tempestades.


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