El hijo del Corsario Rojo

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—Incendiadlo para que no caiga en poder de los españoles. Daos prisa, y luego retirémonos al interior de la isla. Si nos atacan, ya sabremos defendernos.

En el acto se dieron las órdenes necesarias. En tanto que algunos corsarios subían a bordo del buque y prendían fuego al alquitrán depositado en la cala, los demás se afanaban por poner a salvo las embarcaciones menores, para no quedar privados en absoluto de medios de transporte que les permitieran más tarde llegar al continente.

La escuadra española, segura de su fuerza, había entretanto comenzado a disparar con furia, especialmente sobre el buque, al cual desarboló en seguida.

—¡Diantre! —exclamó el gascón—. Esta vez los españoles dan de firme. Compadre, ya que nuestros camaradas corren, trabajemos también nosotros con las piernas. Con mucho gusto recibo estocadas, pero no siento el menor cariño hacia las balas de grueso calibre que dividen por medio a una persona sin decirle siquiera: ¡que te mato, imbécil!

Los filibusteros, en efecto, una vez a salvo las embarcaciones huían por todas partes, mientras que los dueños de las barracas, auxiliados por los criados negros, cargaban con las mercancías de más valor, para que no fuesen a poder de los españoles.


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