El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Que truena el cañón español —contestó Mendoza.
También ellos echaron a correr, dirigiéndose hacia la pequeña bahÃa donde estaba anclada la flotilla filibustera, que se componÃa de un buque y de media docena de barcazas.
Confusión espantosa reinaba en la playa, donde se habÃan reunido todos los piratas de la isla. Entre ellos estaban el conde de Ventimiglia, Grogner y Lussan.
El cañón seguÃa tronando en lontananza.
Quince buques, dispuestos en dos columnas, dirigÃanse lentamente hacia la isla. Era la escuadra española del PacÃfico, encargada de cortar el paso a los corsarios procedentes del Cabo de Hornos y del estrecho de Magallanes, escuadra imponente que habrÃa podido purgar para siempre aquellos mares de los audaces ladrones, si hubiera querido.
—Señor conde —dijo Grogner al hijo del Corsario Rojo, con voz un tanto alterada—. Habéis llegado en mala hora.
—Creo que no —contestó el señor de Ventimiglia—, porque traigo refuerzos.
—No podemos resistir a una escuadra tan poderosa. Solo dispongo de un buque y de las barcazas.
—Sacad a tierra las barcas y los esquifes y ocultadlos en la selva.
—¿Y el buque?