El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—¿Qué queréis decir?

—Que cuando sus parientes o los gobernadores no los rescatan, los filibusteros, sin titubear, sacan a suerte a los prisioneros, sean hombres o mujeres.

—¿Y luego?

—Aquel que ha tenido la desgracia de que le toque una bola negra, es decapitado, y la cabeza se envía al gobernador para obligarle a que pague.

—Eso es una crueldad.

—¡Qué queréis! Así es la guerra. Por su parte, los españoles no son más generosos, y cuando cogen a alguno de los nuestros lo ahorcan sin misericordia.

—Cuidemos, pues, de que no nos echen el guante —dijo el flamenco.

Pidieron dos botellas de vino, jamón salado, y empezaron a comer y a beber.

Apenas habían vaciado algunas copas, cuando un estampido ensordecedor les hizo ponerse en pie de un salto.

—¡El cañón! —gritó Barrejo.

Todos los filibusteros que se encontraban en la barraca salieron precipitadamente, empuñando los arcabuces, en tanto que las mujeres chillaban y los guitarristas huían, arrojando al suelo los instrumentos.

—¿Qué sucede? —preguntó el gascón, desnudando el acero.


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