El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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A pesar de las continuas amenazas de los españoles, aquellos formidables corredores del mar se divertían alegremente, derrochando las riquezas cogidas en los saqueos con una prodigalidad de príncipes.

Los mulatos, llegados del Continente con víveres y sobre todo con vinos y licores, levantaron barracas, donde expendían sus géneros a precios exorbitantes.

Los filibusteros, como verdaderos ladrones, no regateaban. ¿Qué les importaba el dinero?

Barrejo y sus camaradas penetraron en una inmensa tienda donde muchos hombres bebían alegremente y jugaban o bailaban con algunas prisioneras españolas al son de guitarras rasgueadas por negros.

—Este país es la tierra de Jauja —dijo el gascón, sentándose al extremo de una mesa larguísima—. Apuesto cualquier cosa a que las mujeres españolas no se divierten nunca más que cuando tropiezan con estos truhanes.

—Poco a poco, compadre —contestó el vizcaíno—. A veces estas diversiones cuestan caras a prisioneras y a prisioneros.

—¿Por qué? ¿No los respetan?

—Sí los respetan, y desgraciado del corsario que se atreviera a cometer una villanía con los prisioneros. A veces, sin embargo, llegan días tristísimos, y las sonrisas de esos infelices se truecan en lágrimas de sangre.


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