El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Como no he sentido jamás prisa por tomar el pasaporte para el otro mundo, me he guardado siempre bien de poner los pies en ciudad defendida por muchos cañones.
—Yo espero que encontraremos tabernas…
—De seguro que los granadinos no beben agua —añadió el flamenco.
—Tampoco yo, compadre —agregó Mendoza—. Tal vez allà encontremos toneles mejores que los que hemos catado en Pueblo Viejo. Nueva Granada surte de vinos a Panamá, y asà como en Panamá se encuentran un virrey y elevados funcionarios, es más que seguro que encontraremos bodegas maravillosamente provistas.
—Pero me asombra una cosa, camarada.
—¿Cuál? —preguntó Barrejo.
—DirÃase que os habéis hecho filibustero más por el deseo de probar los vinos españoles, que por el dinero. Sin embargo, me parece que los doblones no os desagradan.
—Esos vendrán más tarde —replicó el gascón. Busquemos un lugar donde se pueda comer y beber. TodavÃa se me pasea algún doblón por los bolsillos, y nada mejor que comerlos y beberlos. ¡Diantre!… Los gascones son siempre generosos.
No era difÃcil en la isla de San Juan gastar dinero, porque los corsarios refugiados en ella la habÃan convertido, como hemos dicho, en una pequeña Tortuga.