El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Y yo de otros tantos —replicó Grogner—. Si Pedro el Olonés, con la tercera parte de nuestras fuerzas ha atacado a Maracaibo y luego a Gibraltar, no me sorprenderá que tomemos por asalto a Nueva Granada, que nos apoderemos del marqués y de otros muchos españoles y que cojamos algunos millares de doblones. Me han asegurado que tenéis siete esquifes.
—Ciertamente.
—¿Estáis seguro de que el marqués se halla en aquella ciudad?
—SegurÃsimo.
—¡Bien! —exclamó el filibustero después de algunos instantes de silencio—. Vamos a ver si los cañones que defienden a Nueva Granada están cargados con fierro o con azucarillos. Un filibustero que se estima en algo no puede negar nada al hijo del Corsario Rojo. Señor conde, os ofrezco hospitalidad en mi pobre tienda y mañana marcharemos.
—He aquà un hombre —dijo el gascón, que habÃa asistido al coloquio, tendido en la playa, volviéndose hacia sus dos amigos inseparables: el flamenco y Mendoza.
—Un filibustero completo —contestó el vizcaÃno.
—¿No habéis estado nunca en Nueva Granada, compadre?