El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Guiaban el primer barco el señor de Ventimiglia y Raveneau de Lussan; el otro, Tusley y Grogner.

Huelga decir que los tres terribles aventureros habían embarcado en la nave del conde, ansiosos de tener ocasión de esgrimir los formidables aceros.

—Taroga es una isla de tortugas —afirmó Barrejo al poner el pie en el puente del buque—. No he venido a América para probar el filo de la espada en la concha de esos animaluchos.

—¡Ni yo he venido para mirar las arenas y escuchar el rumor de las mareas! —añadió Mendoza.

—Ni yo he dejado al Brabante para estar con los brazos cruzados —agregó el flamenco.

Y los tres se prometían realizar maravillosas empresas y no perder de vista un solo instante al marqués de Montelimar, de cuya custodia estaban encargados.

El primer día transcurrió sin incidentes. Las dos naves, que no eran muy grandes, ni estaban muy armadas, navegaron a la vista del islote, con la esperanza de sorprender a los dos veleros procedentes de Lima.

Al segundo día pusieron la proa hacia Panamá, pero no se atrevieron a acercarse mucho al puerto, porque estaban seguros de que el virrey podía, en pocas horas, reunir una escuadra considerable.

En la mañana del tercer día, los gavieros de guardia en las cofas lanzaron el primer grito de alarma:

—¡Velas hacia levante!


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