El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo El señor de Ventimiglia y Raveneau de Lussan fueron los primeros en correr al castillo de proa.
Aquel grito de «velas hacia levante» no dejó de producir en aquellos cierta sorpresa, porque no era de allà de donde aguardaban a los dos buques procedentes de los mares del sur.
—¿Serán barcos de Panamá? —se preguntó el conde.
—Mucho lo temo —contestó Raveneau de Lussan—. Los españoles estarán ya cansados de nosotros y habrán organizado alguna flotilla.
—Que tomaremos por asalto y echaremos a pique —dijo Mendoza, que se habÃa unido al jefe, con sus otros dos compañeros.
—Señor de Lussan, preparémonos para el combate —dijo el señor de Ventimiglia—. Contamos con hombres decididos a todo y con artillerÃa en regular estado. Mostraremos una vez más a los españoles cómo saben luchar y morir los valientes Hermanos de la Costa.
Sonaron las bocinas.
—¡Todo el mundo a cubierta!…
Los filibusteros, siempre dispuestos a afrontar el peligro, corrieron a sus puestos de combate, los viejos bucaneros a las bandas, los corsarios a las baterÃas.
La nave de Tusley y de Grogner unióse en seguida a la del señor de Ventimiglia, que se dirigÃa audazmente al encuentro de las velas señaladas.