El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Amigo Barrejo —dijo el vizcaÃno, que probaba el filo de su espada—, temo que esta vez el asunto sea más grave que en Pueblo Viejo y en Nueva Granada. Esos barcos vienen de Panamá; os lo asegura un marino viejo que conoce los vientos mejor que el propio Eolo.
—¿Sabéis si los capitanes de fragata llevan buen surtido de botellas de vino? —preguntó el gascón, examinando también su espada.
—¿Qué diablos de cosas decÃs? —interrogó el vizcaÃno, con cierto estupor.
—El señor gascón habla muy bien —aseguró el flamenco, con su acostumbrada gravedad—. Responded a su pregunta.
—Yo creo que encontraremos más balas que botellas —dijo el vizcaÃno—. No niego, sin embargo, que lleven vino en la bodega.
—Me basta con saber eso —contestó el gascón—. Cataremos ese lÃquido, y veremos si es mejor el que sirven en las tabernas o el que navega…
Un grito que resonó en aquel momento en la cofa del palo mayor, interrumpió la conversación.
—¡Fragata a la vista!…
—¿No os lo aseguraba yo? —dijo Mendoza—. En vez de las naves cargadas de harina procedentes de Lima, encontraremos hierro y plomo.
—Pero también una bodega.