El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Por tercera vez dejóse oÃr la voz del gaviero de guardia:
—¡Y dos barcos grandes de refuerzo!…
—Esos seguramente no llevan botellas —dijo el vizcaÃno—, pero en vez de eso, conducirán buen número de cuerdas para ahorcarnos.
—¡Ahorcarnos! —gritó el gascón esgrimiendo la espada—. ¡Oh!… ¡Como si no hubiera más que colgar a gente de nuestros brÃos!
Los filibusteros se preparaban animosamente para la batalla, tratando de alcanzar a la fragata antes que los barcos auxiliares, pésimos veleros, pudiesen correr en su ayuda.
El conde de Ventimiglia, desde el alcázar, comunicaba órdenes con voz vibrante, en tanto que Grogner, a bordo del segundo barco, hacÃa lo mismo.
La fragata de gran tonelaje, y armada con treinta cañones, avanzaba también resueltamente sobre los corsarios, segura de aniquilarlos con unas cuantas andanadas.
El señor de Ventimiglia, comprendiendo que los españoles se lanzaban con ánimo decidido al abordaje, ordenó que los dos buques se separasen, para coger en medio a la fragata, antes de que llegasen las barcas, que llevaban a bordo numerosos combatientes y algunas piezas de artillerÃa gruesa.