El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo A mil pasos de distancia empeñóse el combate, con gran fragor por ambas partes.
La fragata tronaba y avanzaba, intentando desarbolar a los dos buques corsarios; estos que solo disponían de algunos cañones, contestaban lo mejor posible.
A quinientos pasos, los españoles, segurísimos de acabar con aquella turba de ladrones de mar, recogieron parte de las velas para maniobrar con más facilidad y abordar al barco más próximo, que era el que mandaba el conde de Ventimiglia.
Los tambores resonaban con fragor en los altísimos puentes y el pabellón español ondeaba al viento.
Arcabuceros y alabarderos estaban preparados para lanzarse al abordaje, en tanto que de las dos barcazas partían descargas furiosas pero casi ineficaces, a causa de la distancia.
—Dentro de un rato se sentirá aquí calor —dijo Mendoza, que no perdía de vista a la fragata—. Si los españoles se dirigen hacia nosotros tan decididos, es señal de que están resueltos a exterminarnos. Compadre Barrejo, se me figura que os va a costar un poco de trabajo coger las botellas del capitán.
—Tengo por costumbre respetar todas las opiniones, pero os aseguro que el conde trepará al abordaje antes que los españoles. Tengo sed, ¿por qué no he de beber?