El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Envanecidos con tantos triunfos, el mismo día se retiraron a Taroga para deliberar, noticiosos de que cinco compañeros se encontraban presos en Panamá, sujetos a durísima esclavitud.
Sus propósitos eran dirigirse inmediatamente a la rica ciudad e intentar el asalto. Pero enterados de que una escuadra poderosa había dejado los puertos del Perú y se dirigía en busca de ellos para asestarles un golpe mortal, decidieron enviar un mensajero a Panamá e intimar al Presidente de la Real Audiencia la pronta restitución de los cinco prisioneros y de la hija del Corsario Rojo, amenazando, en caso de que se negase, a matar, por cada uno de ellos, a cuatro españoles de los muchos que tenían en su poder.
El Presidente envió a los filibusteros un oficio para decirles que nada podía hacer, y al mismo tiempo acudió al obispo de Panamá para ver si algo conseguía, al menos de los franceses que se jactaban a toda hora de ser católicos.
El obispo escribió, en efecto, diciendo que la negativa del Presidente no reconocía otra causa que la obediencia debida a la orden de sus soberanos, los cuales le prohibían tal género de canjes; a la par les advertía que cuatro prisioneros ingleses se habían convertido al catolicismo y que estaban decididos a quedarse entre los españoles.