El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo En un instante la bandera española fue arriada y substituida por los estandartes de Francia y de Inglaterra; una tempestad de balas cayó sobre los dos barcos, desarbolándolos y arrasándolos como si fueran dos pontones.
Uno de ellos incendióse lo mismo que un trozo de leña seca; las cajas de pólvora estallaron con horrible estrépito, volando la cubierta, destrozando la popa y haciendo astillas las bandas de babor y de estribor.
El otro hizo frente al ataque, disparando con los dos únicos cañones que llevaba a bordo.
Sin embargo, la lucha no duró más que algunos minutos, porque en auxilio de los filibusteros corrieron las otras dos navecillas, que abrieron un fuego infernal sobre el desgraciado barco.
El que se incendió, fuese a pique, sin que pudiera salvarse ninguno de los tripulantes; el otro quedó en poder del enemigo, tras breve combate.
Veintidós filibusteros cayeron gravemente heridos, entre ellos Tusley, que murió algunos días después por haber recibido una bala envenenada.
Furiosos por las graves pérdidas experimentadas y por haber encontrado multitud de cuerdas destinadas a colgarlos, los filibusteros, a pesar de las protestas del conde de Ventimiglia, no dejaron vivo ni a uno solo de los tripulantes del segundo barco.