El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Lo han confirmado los prisioneros de la fragata —respondió Mendoza.

—¡Ah!… ¡Bribones!…

—El virrey de Panamá está cansado de nosotros, y ha jurado hacernos bailar la última danza, suspendidos en las antenas.

—Mal baile —dijo el flamenco, que se encontraba presente.

—En efecto, no debe de ser muy agradable —respondió el gascón—. Me encomendaré a mi espada.

—¿Sabéis lo que los filibusteros han decidido?

—¿Colgar a los prisioneros como si fuesen chorizos?

—Nada de eso; hacer que bailen en las vergas[3], mejor dicho, bajo las vergas, los tripulantes de esos dos barcos.

—Aún no los hemos cogido.

—¡Oh!… ¡Aguardad un poco!…

La fragata hallábase entonces a tiro de los dos barcos, que engañados por el pabellón que ondeaba en el asta del artimón, no habían cesado de avanzar.

Una orden breve, seca, se dejó oír en el puente de la nave tripulada por los corsarios.

—¡Fuego!


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