El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Amigo Barrejo —dijo Mendoza, que como uno de los mejores artilleros, estaba encargado del cañón del alcázar—, creo que no os quejaréis ahora de no mover bastante las manos.
—¡Diantre! —exclamó el gascón arreglándose la casaca, desgarrada por la punta de una alabarda—. No sospechaba que iba a tener tanto trabajo. Mi espada se ha convertido en una sierra, a fuerza de golpear yelmos y corazas. Tendré que buscar a un afilador, o acabará por no cortar siquiera el cuello de una botella.
—Cambiadla por otra; hay muchas de sobra en la fragata.
—¡Cómo!… ¡Dejar yo la espada de mi padre!… ¿No sabéis que este acero ha tomado parte en más de cien combates? Es una tizona histórica en la familia de los Lussac.
—Siento que corte ahora poco.
—¿Por qué?
—Me han dicho que esos barcos que se acercan están tripulados por lo más selecto de la marinerÃa española.
—No importa.
—Cuidad que trabaje bien, porque aseguran que traen buena provisión de cuerdas.
—¿Para qué están destinadas?
—Para colgarnos, si nos cogen vivos.
—¿Habláis en serio?