El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Señor conde —dijo luego—, ahora podéis acostaros y terminar el sueño interrumpido por los soldados. Seguramente nadie vendrá a importunaros.

El gascón y el flamenco no tardaron en imitarle, y en pocos minutos se prepararon un lecho, si no muy cómodo, por lo menos seco.

—Durmamos hasta que el sol seque nuestros vestidos y los deje más presentables.

Tumbáronse en la cama de cañas, uno junto a otro, y aunque con los trajes empapados, no tardaron en dormirse.

Cuando despertaron, sus ropas estaban completamente secas y el sol muy alto.

El plantío de cañas seguía desierto, porque no había llegado aún el momento de empezar la recolección.

—Vamos, ante todo, a explorar la ciudad —dijo el conde—. Quiero asegurarme de que el consejero habita en la casa indicada por la linda tabernera. Seamos prudentes y no cometamos ningún disparate; lo digo especialmente por vos, amigo Barrejo.

—Prometo ser más tranquilo que un borrego.

—No, que un carnero —dijo Mendoza.

—Bueno, pues como un carnero.


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