El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo EL CONSEJERO DE LA REAL AUDIENCIA
Después de arreglarse un poco, para que no los tomasen por mendigos, el conde y los tres aventureros dejaron la plantación de caña de azúcar, siguiendo la orilla derecha del impetuoso riachuelo que les había servido para huir de los soldados de la Capitanía.
Panamá extendíase ante ellos hasta perderse de vista, con sus soberbias iglesias y sus suntuosos palacios formando gigantesco semicírculo en torno de la maravillosa bahía.
Destruida por Morgan, la ciudad no tardó mucho en surgir de entre sus ruinas, más bella y más espaciosa que antes. Fue reconstruida algunas leguas más al sur, en una llanura infinitamente más saludable y espaciosa; su puerto adquirió en poco tiempo tal prosperidad, que todas las poblaciones de Centro América, del Perú, de Bolivia y de Chile, lo envidiaban.
Aunque amenazada continuamente por los filibusteros, siempre en acecho en el Océano Pacífico, escuadras de veleros y de galeones llegaban de los puertos del sur, llevando riquezas incalculables, y sobre todo, los productos de las riquísimas minas del Perú, de México y de California.