El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Los tres aventureros y el conde, después de comer en una posada, se dirigieron al barrio aristocrático de la población, como pacÃficos burgueses que salen de paseo.
Mendoza, conocedor de la ciudad, los guiaba como siempre.
Al obscurecer, no atreviéndose a acercarse aún a la posada de la bella castellana, porque podÃan encontrar a algunos soldados, marcharon hacia la anchurosa plaza donde se elevaban la mansión del virrey, la catedral y los palacios de los consejeros de la Audiencia.
—Señor conde —dijo el gascón, mientras se acercaban a la casa de don Juan de Zabala—, ¿nos recibirá ese caballero? Un funcionario de su categorÃa, será muy ceremonioso.
—Lo mismo pensaba en este momento —contestó el hijo del Corsario Rojo.
Supongo que no se os ocurrirá haceros anunciar con los tÃtulos de conde Ventimiglia, señor de Roccabruna y de Valpenta.
—SerÃa como ponerme la cuerda al cuello.
—Es necesario encontrar alguna excusa.
—Veo que sois gascón y que encontráis salidas para todo, buscad ahora una.
—Ya la tengo —contestó Barrejo.
—Explicaos.