El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Maestro —dijo el ayudante al médico, que aún conservaba en la mano el trozo de espada—. ¿Qué hacemos ahora?
—Iré a avisar al gobernador. Los Ventimiglia han sido los más tremendos corsarios del Golfo de México. Algún hijo o algún pariente de ellos ha aparecido en estos mares. ¡Ay de nosotros si no lo apresan! No hablarás de esto a nadie, ni aun a la marquesa.
—Seré mudo, maestro.
—Correrás a participar al coronel del regimiento todo lo que ha sucedido, para que se lleven en una camilla a este pobre conde.
—¿Y vos?
—Voy en busca del gobernador.
Envolvió el acero en la toalla, luego abrió la puerta.
La marquesa de Montelimar, presa de visible emoción, aguardaba en la sala inmediata, acompañada del mayordomo y de la doncella.
—¿Cómo está, doctor? —preguntó.
—Ha muerto, marquesa. La herida era terrible.
—¿Y no ha dicho quién le ha matado?
—No ha podido hablar; seguramente habrá tenido un duelo, porque no llevaba la espada en su vaina.
—¿Y ahora?