El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—El nombre… el nombre… —balbuceó el capitán, con voz apagada—, pronto… muero…

El doctor limpió la hoja llena de sangre con una toalla, y en el acto vio aparecer, grabadas en el acero, varias letras bajo una pequeña corona de conde.

—Enrique de Ventimiglia —leyó.

El capitán, a pesar de la extrema debilidad y de los dolores que le atormentaban, incorporóse y exclamó con voz ronca:

—¡Ventimiglia!… El nombre de los corsarios… el Rojo… el Verde… el Negro… ¡Un Ventimiglia!… ¡Traición!…

—¡Conde, os matáis! —gritó el médico.

—Escuchad… escuchad… La fragata… que ayer fondeó… es corsaria… la manda… ese hombre… vestido de rojo… corred en busca… del gobernador… advertídselo… que la aborden… en seguida… la ciudad está en peligro… Yo muero… pero vengarán… mi muerte… ¡Ah!…

El capitán volvió a caer sobre las almohadas. Respiraba con dificultad y palidecía visiblemente.

La sangre se escapaba a través de las hilas y vendajes, enrojeciendo la camisa y el jubón.

De repente los labios del desgraciado se cubrieron de purpúrea espuma, luego bajó lentamente los párpados sobre los ojos ya apagados.

El capitán de alabarderos había muerto.


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