El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Si habláis demasiado, os mataréis más pronto…
Otra sonrisa apareció en los descoloridos labios del capitán.
—OÃdme… —repitió con suprema energÃa—. En la hoja de acero… hay grabado… un nombre… el de mi adversario… Quiero… conocerlo… antes… de morir…
—HabrÃa que arrancároslo del pecho.
El conde hizo una señal afirmativa.
—¿Lo queréis, pues? —preguntó el doctor.
—He… de morir… igualmente…
—Mauricio, las pinzas.
El ayudante le presentó dos tenacillas, un paquete de hilas y vendas, para contener en el acto la sangre que habÃa de salir de la herida.
—Pronto… —murmuró el conde.
El médico sujeto el trozo de acero y lo extrajo, con pequeñas sacudidas del cuerpo.
El conde se mordió los labios para no gritar. Por la alteración del rostro y por el sudor viscoso que le cubrÃa la frente, comprendÃase cuánto sufrÃa.
Afortunadamente, aquella operación dolorosÃsima no duró más que pocos segundos. De la herida brotó al punto un chorro de sangre, que el ayudante cortó con las hilas y las vendas.