El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo En aquel momento el conde lanzó un profundo suspiro y levantó los brazos, apoyando las manos en el pedazo de espada que le salía del pecho.
—Va a volver en sí —dijo el médico, que se había inclinado sobre el herido.
—¿Por mucho tiempo o por poco? —preguntó el ayudante.
—No le doy una hora de vida —contestó el doctor en voz baja.
El capitán dejó escapar otro suspiro, más largo que el primero y que terminó en una especie de ronquido; luego alzó lentamente los párpados y fijó en el doctor una mirada turbia.
—Vos… —balbuceó.
—No habléis, caballero.
Una sonrisa contrajo los labios del conde.
—Soy… militar… —dijo con voz entrecortada—. Me muero… ¿verdad?
El doctor movió la cabeza, sin responder.
—¿Cuántos minutos… me restan… de vida? Hablad… quiero saberlo…
—Todavía podréis vivir un par de horas si no os extraigo el trozo de espada.
—¿Y extrayéndolo?… decid…
—Pocos minutos tal vez, señor conde.
—Me bastarán… para tomar venganza… Oídme.