El hijo del Corsario Rojo

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—¡Oh! ¡Es el terrible espadachín, marquesa! —respondió el médico—. Cuando se trata de heridas de acero, el asunto es siempre grave. ¡Veamos!…

Acercóse al lecho, en tanto que el ayudante abría la cajita que encerraba varios instrumentos quirúrgicos, y miró con atención al herido, qua aún seguía sin recobrar el sentido.

—Herida grave, ¿es verdad, señor Escobedo? —preguntó la marquesa.

—Una estocada terrible, señora —contestó el doctor, haciendo una mueca y meneando la cabeza—. Su adversario debe de tener un puño muy sólido.

—¿Esperáis salvarlo?

—No puedo daros una respuesta segura, marquesa. Retiraos todos y dejadme solo con mi ayudante… Hay que operar en seguida…

La marquesa, el mayordomo y los esclavos se apresuraron a salir.

—Una pinza fuerte, Mauricio —dijo el doctor cuando se quedaron solos, dirigiéndose a su ayudante.

—¿Intentáis extraer la hoja, doctor?

—No es posible dejársela clavada eternamente en el pecho.

—Pero ¿no expirará en seguida?

—Mucho me lo temo. La punta debe de haber interesado gravemente el pulmón…


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