El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Conservaba el trozo de acero clavado en el pecho, junto al corazón; ninguno de los presentes se atrevía a arrancárselo, por miedo a provocar una violenta hemorragia.
El jubón de seda con listas azules y rojas aparecía desgarrado en una extensión de varias pulgadas; pero en la camisa no se observaba ni una gota de sangre.
El mismo acero taponaba la herida.
—¡Desgraciado! —murmuró la marquesa con voz conmovida—. El adversario que le ha causado una herida tan terrible no puede ser de Santo Domingo, porque aquí todos temían a la espada de este hombre. ¿Has mandado venir al médico, Pedro?
—Sí, señora marquesa —contestó el mayordomo—. No tardará en llegar.
—Si no viene enseguida, este infortunado conde morirá.
—Ahí está; oigo entrar gente…
La puerta se abrió y un anciano, vestido todo de seda negra, seguido de un joven, cubierto por un traje igual, que llevaba en la mano una cajita, aparecieron en el umbral.
Eran el médico y su ayudante.
—Señor Escobedo —dijo la marquesa saliendo al encuentro del anciano—. Os recomiendo que cuidéis con gran interés a este caballero: es el conde de Santiago. Haced lo posible por librarlo de la muerte.