El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —No, señora, al conde de Santiago.
—¿Al capitán de alabarderos?
—Precisamente.
—¿De un pistoletazo?
—De una estocada terrible; aún tiene clavada en el pecho la mitad de la espada.
—¿Un duelo?
—Eso parece.
—¿Y el adversario?
—Ha desaparecido, señora.
—¿Dónde se han batido?
—En vuestro jardÃn.
—Ese hombre era muy pendenciero y ha encontrado su merecido. ¿Quién puede haber vencido a la mejor espada del regimiento de Granada? ¿Quién?… No ha muerto, ¿verdad?
—Está desmayado; pero creo que no salvará la vida.
—Deja que lo vea.
El mayordomo se apartó a un lado y entró en la habitación, donde se encontraban varios esclavos, ocupados en humedecer con vinagre los labios y la nariz del herido para hacerle volver en sÃ.
El capitán yacÃa en el lecho con los brazos abiertos, el rostro cadavérico y la frente contraÃda. De su entreabierta boca escapábase un silbido entrecortado.