El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Os lo agradezco —contestó el conde de Santiago con voz sofocada—. Si llego a curar, espero que me ofreceréis el desquite.
—Cuando queráis…
Incorporóse y se alejó rápidamente, dirigiéndose hacia la verja.
Mendoza y MartÃn, después de avisar a los criados de la marquesa, se marcharon también, saltando la verja de hierro.
Cuando los esclavos llegaron al prado, el capitán se habÃa desmayado; pero entre las manos sujetaba fuertemente el trozo de acero.
—¡El capitán de alabarderos! —exclamó el mayordomo de la marquesa, que iba a la cabeza de la servidumbre—. ¡Es amigo de la señora! ¡Pronto, llevémoslo al palacio!
Cuatro esclavos levantaron con precaución al herido y lo condujeron a una habitación del piso bajo, acostándolo en una cama, en tanto que otro corrÃa a buscar al médico de la familia.
La bella marquesa de Montelimar, vestida con un sencillo peinador de seda azul, bajó apresuradamente, preguntando al mayordomo con voz angustiada:
—¡Dios mÃo! ¿Qué ha sucedido, Pedro?
—Han herido gravemente…
—¿Al conde Miranda? —gritó la marquesa palideciendo.