El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Creo que ya tengo lo necesario —contestó el capitán—. ¡Por Baco! ¡Vuestra mano es más lista que la mía! Moriré pronto y solo lo siento por una cosa.

—¿Cuál?

—Por no haber tenido tiempo de enviaros a bordo las mil cien piastras que me habéis ganado.

—No os preocupéis de eso; decidme: ¿qué podemos hacer por vos?

—Llamad a los criados de la marquesa de Montelimar. Al menos moriré bajo el techo de la mujer a quien amo y por la cual muero.

—Antes de eso, permitid que intente arrancaros el trozo de acero que tenéis clavado en el pecho.

—Me mataríais más pronto. No… no… los criados… llamad… corred…

—¡Mendoza… Martín! Avisad a la gente del palacio.

Los dos marineros echaron a correr, en tanto que el conde de Ventimiglia, más conmovido de lo que pudiera suponerse, sostenía levantada la cabeza del herido, a fin de que la sangre no lo ahogase.

Apenas había transcurrido un minuto, cuando se vieron luces y hombres que avanzaban a través de los paseos.

—Señor conde —dijo el hijo del Corsario Rojo—, me veo obligado a abandonaros. No quiero que sepan que yo he sido quien os ha herido.


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