El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Fue un verdadero milagro que el capitán español lograse parar aquella estocada; la casaca de seda verde con flores rojas quedó desgarrada.

—¡Demonio! Os tiráis, señor conde, y tratáis además de sorprenderme, en tanto que os dirijo palabras lisonjeras. Dos centímetros más y me alcanzáis. Otra vez tened en cuenta que hay que alargar un poco el brazo…

Un grito le cortó la frase. La espada del señor de Ventimiglia hundióse más de la mitad en el pecho del capitán.

—Ahí tenéis la respuesta a vuestro consejo —dijo el conde.

El capitán permaneció de pie, sujetando la espada del conde con la mano izquierda; luego cayó al suelo pesadamente, partiendo la hoja en dos mitades.

Cinco pulgadas de acero le habían penetrado en el pecho, a la altura de la cuarta costilla del lado izquierdo.

—¡Muerto! —exclamaron a la vez Mendoza y Martín, adelantándose.

El conde arrojó a tierra el trozo de espada que conservaba en la mano y se inclinó sobre el capitán, que se agitaba con los espasmos de una agonía atroz.

—Tal vez no estéis herido gravemente, caballero —le dijo—. Aún podremos salvaros.


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