El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—No sois cortés, conde —dijo el alabardero, poniéndose de nuevo en guardia—. Sabed que ahora los duelos se efectúan cambiando frases amables.

Una estocada, difícilmente parada en tercia, con solo un segundo de ventaja, fue la respuesta del conde de Ventimiglia.

—¡Diablo! —masculló el capitán—. Aquí no se debe charlar. Se arriesga una fosa en el cementerio.

Retrocedió un paso, tanteando antes el terreno con el pie izquierdo para no resbalar, luego se puso en guardia, diciendo:

—¡Os espero, conde!

El hijo del Corsario Rojo, desconfiando de aquel movimiento sospechoso, se abstuvo bien de atacar, y permaneció firme, con la espada siempre en línea, dirigida al pecho del capitán.

—¿No comenzáis el asalto, conde?

—No tengo prisa.

—Hace medio minuto que os aguardo.

—Podéis aguardarme medio siglo, si os place.

—¡Ah! ¡Cuernos del diablo!

—¡Oh! ¡Vientre de una ballena!

—¡Siempre burlón!

Por tercera vez el conde de Ventimiglia permaneció callado. Con la rapidez de un relámpago irguióse, dio dos saltos y cayó sobre el adversario, asestándole un golpe en mitad del pecho.


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