El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Miráronse atentamente, con rabia extrema; luego el capitán, que parecía el más impaciente, a pesar de su edad, amenazó dos o tres veces para ver si el adversario se descubría o revelaba su juego.

El joven capitán de la «Nueva Castilla» no se movió. Permanecía firme como una roca, con la espada en línea y la mirada atenta.

—¡Diantre! —exclamó el alabardero—. Os considero una buena espada, pero ahora veremos si paráis esta estocada que parece fingida.

El señor de Ventimiglia no respondió. A juzgar por su calma, no hacía seguramente en aquella ocasión sus primeras armas.

—Derribaré ese muro de acero y de carne —dijo el capitán, que iba perdiendo la serenidad—. ¡He aquí una buena estocada! ¡Paradla…!

Y se tiró a fondo con la velocidad del rayo. El conde, con un movimiento rápido, desvió el acero del capitán.

—¡Rayos y truenos! ¡Qué brazo tan sólido, señor de Miranda! No esperaba semejante resistencia. El juego apenas ha comenzado y la luna no se ocultará hasta el alba.

El hijo del Corsario Rojo tampoco respondió.

Miraba con atención la punta de la espada del capitán, que el astro nocturno hacía centellear siniestramente.


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