El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Rayos y truenos!
—¡Truenos y rayos!
—¡Es demasiado, conde de Miranda!
—¡Qué luna tan espléndida! Nos batiremos admirablemente, sin necesidad de antorchas ni de fanales. Señor capitán de alabarderos, os aguar…
El conde de Santiago, a su vez, habÃa desenvainado la larga espada; sin embargo, de pronto bajó el acero, diciendo:
—Os habéis hecho anunciar con el tÃtulo de conde de Miranda —dijo—. ¿Lo sois de veras?
—Soy un caballero y eso basta.
—¿Español?
—Que yo sea o no español, es cosa que nada debe interesaros. Si tenéis empeño en saber mi nombre, lo encontraréis grabado en la hoja de mi espada. Y basta ya, capitán, siento prisa.
—También yo estoy impaciente por enviaros al cementerio —repuso el conde de Santiago con rabia.
Ambos pusiéronse en guardia, en tanto que Mendoza y MartÃn se alejaban un poco para dejar a los dos rivales la mayor libertad posible. El conde de Ventimiglia volvÃa las espaldas a la luna, que aparecÃa majestuosamente sobre una de las elevadas palmeras del jardÃn; el capitán, en cambio, estaba iluminado por completo.