El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —El señor marqués de Montelimar.
El consejero dio un salto.
—Seguramente has oÃdo mal.
—No, señor —contestó el negro.
—Es imposible que sea mi amigo.
—Ha dicho que es el marqués de Montelimar.
El esclavo salió, y un momento después penetraba de nuevo en la estancia acompañado del marqués.
—¡Vos! —exclamó el consejero, corriendo a su encuentro y abrazándole.
—¿No sueño?
—No, amigo —contestó el exgobernador de Maracaibo—. También es posible a veces escapar de entre las manos de los filibusteros.
—¿Y habéis llegado solo de la isla Taroga?
—En compañÃa de una docena de prisioneros.
—¡Y yo que me habÃa puesto de acuerdo con un aventurero para libertaros!
—¿Quién es?
—El que me enviasteis para adquirir noticias de la nieta del gran cacique del Darién.
—¡Yo! —exclamó el marqués—. ¿Qué me contáis, don Juan?
—¡Cómo!… ¿No lo habéis enviado vos?
—Yo no he dado a nadie semejante encargo —replicó el marqués.
—¿Quién será entonces ese aventurero?