El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Aunque sean cuarenta y ocho —replicó don Juan de Zabala.
—Volveré, si os place, mañana por la noche, y os daré una respuesta afirmativa o negativa. En el caso de que aceptase y lograse la libertad del marqués, ¿qué debo decir de la joven que tenéis a vuestro cargo?
—Que se halla en lugar seguro.
—Pero ¿dónde? —insistió el conde.
—No se lo comunicaré sino al marqués.
A duras penas logró el señor de Ventimiglia refrenar un gesto de cólera.
—Nos veremos de nuevo mañana por la noche —dijo después.
—¿Dónde habitáis?
—En una modesta posada de los suburbios; no sé siquiera cómo se llama.
—¿Necesitáis dinero?
—Por el momento no, señor. Ya me lo daréis si acepto vuestra proposición.
Don Juan de Zabala púsose en pie, lo que querÃa significar que la audiencia habÃa terminado.
El conde hizo una profunda reverencia y salió con los tres espadachines, no muy satisfecho del diálogo.
Aún no habÃa puesto el pie en la calle, cuando un esclavo entró en el gabinete, diciendo:
—Señor ahà está un caballero que desea veros.
—¿Quién es?