El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —La restitución de su hermana.
—¿Y si no se encontrase a mi lado?
El señor de Ventimiglia palideció intensamente.
—¿Es posible? —dijo luego—. El marqués me aseguró que se encontraba aquÃ.
—En efecto, estaba.
—¿Y ahora?
En vez de contestar, el consejero preguntó:
—¿Creéis posible, señor, la liberación del marqués?
—¿Y cómo?
—Vos conocéis la isla Taroga, puesto que acabáis de decirme que habéis estado prisionero.
—Exacto —contestó el conde, que permanecÃa en guardia, ignorando dónde iba a parar el consejero.
—¿No podrÃais contratar, por mi cuenta, una docena de aventureros, personas que abundan en Panamá, e intentar devolver la libertad al marqués?
—Lo que me proponéis, señor, es asunto muy serio. Los filibusteros vigilan, y si nos sorprenden, no escaparemos con vida.
—Me importa poco la cantidad.
—No me atrevo a deciros que sÃ, ni que no, señor consejero —repuso el corsario—. Ahora bien, tratándose de semejante aventura, desearÃa que me concedieseis al menos veinticuatro horas para reflexionar.