El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo LA EMBOSCADA DEL «VALIENTE»
Los veintisiete campanarios de Panamá tocaban el Ave María, cuando el conde de Ventimiglia, seguido de los tres espadachines, se presentó en el palacio del Consejero de la Real Audiencia.
Asegurar que el corsario aparecía tranquilo fuera faltar a la verdad. Habríase dicho que por instinto presentía una asechanza.
Resuelto, sin embargo, a conocer a su hermana y seguro de tener a la espalda tres famosas espadas, capaces de luchar sin pavor con una cincuentena de alabarderos, no vaciló en acudir a la peligrosa cita.
Antes de entrar en el palacio del consejero, detúvose para interrogar a Mendoza.
—¿Qué haríais en mi puesto? —le preguntó.
—Yo no pondría los pies ahí dentro —contestó el viejo marino.
—¿Y si don Juan de Zabala fuese un caballero?
—¡Hum! —exclamó el gascón—. Temo, señor conde, que bajo todo esto se oculte una emboscada.
—Llevamos espadas —replicó el señor de Ventimiglia—. Entremos…
Los dos negros que guardaban la puerta, armados de alabardas, les dejaron libre el paso, después de haber llamado a una especie de mayordomo que se hallaba al pie de la escalera.