El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Me traerá la desgracia este caballero? —se preguntó—. Para pagarme mil piastras, de seguro que tendré que entendérmelas con un tirador formidable.
—Ya os dije antes que no se trataba de un aficionado —replicó el marqués.
—He matado a veinte. No creo que el vigésimo primero me envÃe a hacerle compañÃa al diablo. ¿Cuándo debo venir aquÃ?
—Mañana por la noche, antes del Ave MarÃa. Os daré las instrucciones necesarias.
—Está bien —dijo el bandido.
Hizo un nuevo saludo, tan grotesco como el primero, echóse al hombro una vieja manta que hasta entonces habÃa tenido en el brazo izquierdo, y se marchó tranquilamente, como si acabase de hacer una sencilla operación de comercio.
—¿Cuándo lo mandaréis ahorcar? —preguntó el marqués a don Juan de Zabala—. Ese bribón merece veinte cuerdas y muy sólidas.
—Cuando no necesite de él lo enviaré a que haga compañÃa a los muchos infelices a quienes ha despachado para el otro mundo —contestó el consejero.
—A veces estos miserables son necesarios.
—Amigo mÃo, podemos retirarnos a descansar.