El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Terrible, Excelencia. Si no se para, y es muy difÃcil de parar, se va derecho al otro barrio, sin perder un minuto. ¿Dónde está el hombre que hay que quitar de en medio?
—Corréis demasiado, Valiente —dijo el consejero.
—Cuando se trata de dar estocadas siempre tengo prisa —repuso el bandido.
—No mataréis hasta mañana por la noche —dijo el marqués.
—Tendré paciencia durante veinte horas; asà podré ejercitarme en el golpe de las cien pistolas.
—¿Dará resultado?
—Pocos lo conocen, Excelencia. Únicamente saben algo de él los tiradores notables.
—Se trata de uno de los buenos.
El bandido encogióse de hombros.
—¡Bah!… Yo le daré quehacer.
—¿Cuál es el precio?
—Cincuenta piastras por alma; es mi tarifa. No trabajo por menos. Los tiempos están muy malos y se gana poco matando personas —replicó el Valiente.
—Os ofrezco mil, con tal que el caballero muera mañana.
El Valiente frunció el entrecejo, como si presintiese un peligro terrible.